Autor: Jesús Navarro Alberola, presidente de Carmencita

En estos días me viene a la cabeza nuestro abuelo Jesús. Allá por los años 20 del siglo pasado salía a vender carteritas de azafrán sin saber leer ni escribir. Iba de tienda en tienda, la abuela Carmen las empaquetaba una a una. Cuando salía de viaje y enviaba por correo los pedidos, en las primeras cartas solo ponía el sello, no sabía que tenía que poner la dirección. Por supuesto, ¡nunca llegaron! Así empezó, así fue el inicio: a tientas, con pasos torpes. Pero la fuerza para seguir sin miedo era el empeño de tener su propio negocio y salir de la pobreza que le rodeaba desde pequeño. Con el tiempo, aprendió a leer y a escribir. Las cartas ya llegaban, el negocio crecía, mi abuela dejó paso a más personas que elaboraban los productos y nació su hija Carmencita, que puso nombre a la marca y a su esfuerzo titánico. Después vino la Guerra Civil. Todo destruido y vuelta a empezar.

Este es un ejemplo de cómo empieza un empresario: incansables, arriesgando todo cada día, sin red, llevando las preocupaciones a casa, robando horas al sueño y afrontando de cara y de pie las tormentas de la vida. Algunas de esas tormentas, gigantescas, como la que ahora azota a España y al mundo con la terrible forma de virus invisible.

¿Qué haría mi abuelo ahora? Pienso muchas noches y solo veo valentía, lucha e intuición para salir adelante. No tendría miedo de empezar de cero, sería un ave Fénix y, al igual que superó la guerra, superaría esta terrible situación en la que nos encontramos. Así era mi abuelo y así son la mayoría de los empresarios, siempre en primera línea de la batalla. Siempre caminando por el borde del precipicio. Por eso nos entristece cuando desde el gobierno se duda de nosotros, se nos pone bajo sospecha a la primera de cambio, se nos confunde con los especuladores y se nos juzga sin juicio.

Esa intuición, esa fuerza descomunal de mi abuelo es la que quisiera para mí cuando todo esto pase, cuando la marea invisible en la que todos estamos sumergidos se vaya. Porque se irá. Hasta ese momento, los días son iguales: la rutina del desayuno, hablar con la familia, videollamadas que se eternizan como si fueran abrazos lanzados al universo, comer escuchando la noticia esperanzadora de un final que no llega, las tardes eternas, los aplausos en el balcón a los héroes, todos, desde los que están en el frente de los hospitales hasta las valientes cajeras de los supermercados. Las noches frente al televisor o la radio, intentando comprender lo incomprensible, el sueño intranquilo por la incertidumbre.

Pero de todo esto aprenderemos. Estoy convencido. Vivimos tiempos históricos, terriblemente históricos. Nada volverá a ser igual después de estos meses.

Cuando regresemos a las calles, volveremos a las cenizas de lo que fue nuestra vida de ficción y entonces, solo entonces, nos daremos cuenta de la dimensión de todo. Me aferro ahora a mi renovada fe en Dios, preparado para alejar de mí la cobardía y el egoísmo. Cuando volvamos a las calles, deberemos ayudar a los demás para que todos salgamos al mismo tiempo de este túnel que hoy parece no tener fin.

No debemos dejar nadie atrás. Ya se está quedando mucha gente atrás, en los hospitales, algunos incluso muriendo en sus casas, solos, o enterrados sin nadie que los acompañe. Cuando pisemos de nuevo las calles, habrá que llorar a muchos familiares, amigos, conocidos, compatriotas.

Pero volveremos. Y hay que empezar desde ya a preparar ese día, cuando la rueda empiece a girar de nuevo. No habrá que tener miedo. Por fortuna, a pesar de la incertidumbre actual, hay cientos de miles de autónomos, trabajadores y empresarios que están deseando que baje la marea para salir con más fuerza a navegar. Ellos son el motor, el corazón que siempre ha de latir.

La recuperación en la gran crisis que se nos avecina será posible si todos remamos en la misma dirección. Nadie sabe lo que se nos viene encima. Tampoco nadie intuyó lo que se nos venía. En esta sociedad globalizada, salvajemente consumista, capaz de destrozar la naturaleza, llena de odio y envidia que arrincona la humildad hasta convertirla en una rareza, donde el valor de una persona se mide por el tamaño de su cartera o su reloj, algo deberá cambiar. Cuando todo pase, ese espíritu de unión, generosidad y valentía que hoy se ve deberá imperar en nosotros siempre. Dejemos atrás las críticas interesadas, las luchas partidistas, los tuits incendiarios y el «y tú más». Pensemos desde ya en cómo afrontar todos juntos la recuperación. Cualquier otra cosa es echar leña al fuego. Ha llegado el momento de la humildad y el perdón. Para todos, pero sobre todo para nuestros políticos. Ya no hay margen de confianza, esto ya se acabó; y en la etapa de recuperación son ellos los que deben dar ejemplo. Tienen cerca la inspiración, en la gente que ahora se está jugando la vida por España: médicos y enfermeras, médicas y enfermeros. Un poco de esa generosidad, de esa entrega y de esa humildad les bastaría para cambiar el rumbo político que tanto se está alejando de la realidad de la gente, de la realidad y de las necesidades de este país.

Cuando baje la marea habrá que mantener las fuerzas, aunque estemos cansados de haber luchado tanto tiempo contra el mar. Veo ahora a mis compañeros empresarios e, incluso aquellos que han tenido que parar, tienen ganas de volver. Ansiosos por volver a subir al ring. No perdamos esa esperanza, que nunca falte esa intuición que guió a mi abuelo hace un siglo. De lo contrario, ¿qué nos quedaría? Nuestra lucha final debe ser caminar hacia un mundo mejor, donde nuestros nietos estén orgullosos de lo que hicimos. Tengo la sensación de que todos somos soldados a punto de divisar las playas de Normandía. Que Dios nos dé el valor de saltar a la arena… cuando baje la marea.

Carmencita es colaboradora de Gasma y sus cursos para aficionados Cooklovers

Carmencita es colaboradora de Gasma y sus cursos para aficionados Cooklovers