La cerveza, una bebida que se toma sin prisas

Lúpulo, agua, malta de cebada y levadura. La fórmula del éxito. A partir de ahí, mil combinaciones, colores, densidades y, sobre todo, sabores. Durante los últimos años, la cerveza ha dejado de ser la hermana ‘pobre’ del vino. Al ritmo que marcaron países de larga tradición como Bélgica, Alemania e Inglaterra y después de que en Estados Unidos se viviera un auténtico boom, el fenómeno de la cerveza artesana se ha hecho universal.

España no es una excepción y los datos lo demuestran. En nuestro país existen hoy en día más de 130 microcervecerías funcionando por todo el país. Durante los últimos años han aparecido publicaciones como ‘Guía para descubrir la mejor cerveza artesana’ o ‘Cerveza, la bebida de la felicidad’ y hace apenas un año Barcelona acogió el primer Concurso Nacional de Sumiller de Cervezas ‘Nas d’Escuma’. Sea por un cambio en la mentalidad del consumidor, por una hábil campaña de marketing y divulgación a cargo de los pequeños nuevos cerveceros o por las dos cosas a la vez, lo cierto es que la cerveza artesana está más de moda que nunca.

Empresas pequeñas han ido apareciendo para buscar su nicho de mercado frente a las grandes cerveceras internacionales, como si de la lucha de David frente a Goliat se tratara. La restauración ha sido, precisamente, uno de sus principales aliados al ver en este tipo de cervezas (caldos más turbios, con más sabor y más aromáticos) una alternativa viable al vino en menús más atrevidos. No es de extrañar, por tanto, que cervezas como la Estrella Damm Inedit que la cervecera y Ferran Adrià sacaron al mercado en 2008 o la valenciana La Socarrada se venda en formatos más propios del vino, como la botella de 0.75 cl.

Fenómeno local

La Comunidad Valenciana ha sido una de las autonomías pioneras de un fenómeno que se da en las tres provincias. Así, encontramos cervezas como la 2.0 y la Penyagolosa, en Castellón, la Riu Rau o la Nispra, en la provincia de Alicante, o la Tyris, La Lluna y la Socarrada con su toque de miel y romero en la provincia de Valencia. Y es que debido a su carácter artesanal y a una producción limitada, las nuevas cervezas artesanas apuestan por una reivindicación de lo local como símbolo de autenticidad, algo que vemos en las ya citadas Penyagolosa de l’Alcora o La Socarrada de Xàtiva o en otras iniciativas surgidas en otros puntos del mapa como la madrileña La Cibeles.

Con una reivindicación también local se han recuperado en los últimos años otras cervezas que desaparecieron víctimas de la irrupción de las grandes marcas y que representan una tercera vía que iría entre lo artesanal y lo industrial. Hablamos, por ejemplo, de la cerveza Moritz de Barcelona, recuperada en 2004 y que volvió a abrir su fábrica de la Ronda de Sant Antoni reconvertida en una institución gastronómica; o de la cerveza La Salve que este mismo mes de agosto ha vuelto con el objetivo de convertirse nuevamente en símbolo de Bilbao.

Nuevas o recuperadas, de alta o baja fermentación, ricas en aromas o ceñidas a la receta original, las cervezas vuelven a ser tendencia.

Imagen de Adrian Pike bajo la licencia Creative Commons